El Rincón de la Mediocridad: Mucha Parábola y Pocas Nueces


Qué linda semana con temperaturas cercanas a los 0 grados: ni frío, ni calor, ni ganas de vivir. A los team frío los quiero ver ahora, sin aire acondicionado ni calefacción HD 4K, tiritando mientras se lamentan de no haber ahorrado para la estufa a leña

Y yo, aquí, saliendo de gastar letras en los soretes de Kaiju, que bien podrían ser metáforas andantes de la burocracia moderna: enormes, destructivos y, al final del día, nadie sabe cómo se generaron ni quién se hace cargo de limpiarlos.
¡Qué cosa linda la parábola! Esa joya de la narrativa oral que te atrapa con una historia sencilla para luego, ¡pum!, golpearte con una supuesta verdad universal. O al menos, eso es lo que te venden. Porque la verdad es que la parábola se ha vuelto el equivalente literario a TikTok: formato corto, digerible, con la apariencia de profundidad, pero que al final solo te deja con hambre filosófica.
¿Será que Jesús fue el primer influencer, el que dominó el algoritmo de la fe con sus microrelatos virales? ¿Y la parábola del hijo pródigo? ¿No es, en el fondo, el primer experimento social registrado? Un testeo en vivo de la misericordia parental frente a la irresponsabilidad millennial.
De repente, la Biblia no es un texto sagrado, sino la primera gran saga de narrativa fantástica. Con dragones (o serpientes parlantes), milagros que desafían la física y resurrecciones que ni el mejor guionista de Hollywood se atrevería a plantear. Muchas dudas, pocas parábolas y una resaca de preguntas existenciales que ni un litro de mate amargo te quita.
Qué lindas son las parábolas que entienden todos: el hincha de fútbol —que te explica la actualidad con una historia de la canchita del Danubio del 89—, el político corrupto —que te vende el paraíso en cuotas y sin interés—, y hasta el cura (inserte aquí el chiste de cura de su preferencia, hay un menú variado, aunque son más del menú infantil).
Porque eso es una parábola: un truco narrativo para explicar lo que de otro modo sería demasiado complejo, aburrido o incómodo. Porque doña María y don José no son parientes de Einstein, por eso necesitamos un puente entre el erudito y el verdulero, que no requiera doctorado en teología ni diploma en semiótica o astrofísica.
Esto era especialmente útil en la Europa de la Edad Media, cuando el conocimiento era un lujo y el pueblo, en su mayoría, analfabeto. Aunque viendo streamers europeos, tampoco es que sean top 10 de IQ per cápita.
Las parábolas eran el PowerPoint de la época. Las TED Talks del año 1000 (Charlas TED para doña María y don José). El modo de transmitir valores, controlar narrativas y evitar que la gente pensara demasiado por sí misma. Como ahora, pero con los medios de información y los TikToks...
Y hablando de la Edad Media, algún día le voy a dedicar un rincón entero a ese agujero negro de la historia. Esa época que nos robó siglos de avances, autos voladores, colonias espaciales y lo más importante: ¡robo-trabajadoras sexuales! Porque si no fuera por ese “bache” de mil años, hoy podríamos estar viviendo en una utopía cyberpunk, con implantes neuronales, viajes intergalácticos y cafeterías atendidas por androides con ansiedad.
Como decía el tío Alberto cada invierno, hasta que se fugó a las Islas Canarias: “El frío es psicológico, al igual que la comida caliente. ¡Esta inútil no puede ni calentar agua, puta madre que lo parió!”. La esposa del tío Alberto no cocinaba bien, lo cual es curioso considerando que su hermano era el Heisenberg uruguayo. No, no tenía cáncer y se curó vendiendo ansiolíticos. Trabajaba en una farmacia. Y ahí lo tienen: una microparábola familiar que, rascada apenas un poco, revela una trama más absurda que cualquier evangelio.
A mí me gustan las parábolas. Sobre todo porque uno las piensa con épica, con peso simbólico... hasta que la realidad te sacude con un “Daniel, ¿dónde dejaste las llaves? ¿Qué sé yo del marinero, el faro y el loro?”. A Jesús no le hacían eso. Y eso que era más vueltero que yo, cuando era más fácil decir: “No se peguen, no se maten y no hagan nada demasiado divertido”.
Porque en el fondo, la Biblia es eso: me cago en la diversión. No te dejan ni saludar al Espíritu Santo a dos manos. Y cada tanto está bien sacarse las ganas con una buena... qué ganas... vuelvo enseguida.
Volví. Uy, no me lavé las manos, esperen. Ya vuelvo.
Volví. Ahora sí, con las manos limpias y la conciencia tranquila, aunque con menos toallas de papel.
Las parábolas fueron, y siguen siendo, herramientas del discurso. Hoy más enfocadas al dogma religioso, pero también al marketing, a la política, al coaching de Instagram. Los pastores brasileros las necesitan como el pan a las palomas. Los políticos las usan para parecer que hacen algo. Y seguro sus IAs de turno las escriben, ratas que son, con Gemini Básico porque no quieren pagar el ChatGPT. ¡Qué caro está, por el amor de Alan Turing! Me despido porque, en tiempos de crisis, siempre se filtran videos de famosas...
Y eso sí que es una parábola de nuestra sociedad actual.